Buenos días, mamá.

A esperaba tranquilamente en el sofá, observaba el reloj que estaba colgado en la sala, justo enfrente de ella. El temprano sol se filtraba por las cortina blancas y percudidas de la casa… se concentraba en el «tic, tac» de las manecillas del reloj. Contaba los segundos.

Respiraba pausadamente y una sonrisa oculta se filtraba por sus labios. No se veía, pero ahí estaba. Te podías percatar de ella con tan solo mirarle el rostro, pero también de sus puños fuertemente cerrados, reposando sobre sus rodillas.

Los minutos seguían pasando, ella esperaba.

Unos taconazos comenzaron a resonar por todo el piso de arriba.

«Tic, tac, tic, tac…» sonrisa, sonrisa.

Los pasos se volvieron más apresurados y desesperados conforme pasaba el tiempo. A sonreía más, le divertía eso. Ya era tarde.

La madre de A bajo a prisa las escaleras, haciendo malabares junto con su maletín, su bolso y todas sus cosas del diario. Corría torpemente en sus tacones altos, se le había hecho tarde para el trabajo. Otra vez.

– ¿Y tu qué? ¿Piensas quedarte ahí? –preguntó–, mueve el culo, que no tengo tu tiempo. Estas viendo como batallo y tu ni te inmutas. Pero claro, que más se puede esperar de tu inutilidad y pachorrudez.

Y así empezaba. Luego seguían una serie de gritos y correteos. Regaños y autoregaños. Cosas como: «hay un chorro de ropa sucia, a ver si te dignas a lavarla», «a ver si esta vez si te haces algo de comer, ya me tienes harta con que por no hacer nada todo se eche a perder» o « y pobre de ti como que llegue y no has lavado esos trastes». Y así, un sin fin de gritos danzaban por toda la casa, dando los buenos días al sol naciente. Mera rutina.

Mientras A, ¿qué hacía? Pues quedarse ahí mirando y moviéndose de lado a lado, haciendo como que recogía o empezaba a limpiar algo. Simplemente esperando la hora en que su madre por fin se fuera de la casa.

Ocultó más la sonrisa, tensó su cuerpo e inhaló hondo.

No hubo sobresalto cuando la puerta azotó al salir su madre, como tormenta de paso.

A cayó al suelo, como un edificio siendo demolido. Lentamente se desplomó sobre si misma, terminando en una maraña de escombros bien apiladitos sobre el pulido piso.

No hubo lágrimas ni suspiros, ni sudor frenético ni estremecimientos. Solo sonrisas, muchas de ellas.

– Buenos días a ti también, mamá.

Y se permitió suspirar un poco.

Vale, que no me convenció del todo

4 comentarios:

Jasey Merridew dijo...

Creo que conozco a A... Y la quiero mucho. Todas las mamás son muy mamás, supongo. Y cada una quiere a su modo, hay unas que a veces no se dan cuenta de lo que dicen o hacen, pero, a fin de cuentas, son mamás.
(A veces me dan ganas de golpear al que inventó la canción de "Por eso Dios inventó a la mamá, y creo yo que la hizo genial")

Velero dijo...

Tan sencillo como empezar por el principio.

Saludos sonrientes.

Mel *Papelito Parlante* dijo...

Hola Aidé:
Cierto, haha me recuerda a mi madre. Solo que yo no estoy despierta a la hora que ella se va a trabajar.

Bueno, como siempre un placer leerte.

Con cariño

Mel
XX

Lily dijo...

Que preciosidad de relato.
Me ha encantado.

Un besito.