Meg caminaba por el borde de la carretera, a paso lento, haciendo pausas de vez en cuando. Extendía los brazos desnudos para mantener el equilibrio, imaginando que cruzaba por la cuerda floja y jugando a la valiente chica trepa árboles que mantendría el equilibrio en cualquier lugar.

Se pasaba la mano por el rostro para quitarse un poco de sudor.

Casi no pasaban coches… el viento soplaba por entre los árboles, meciendo sus hojas paulatinamente provocando susurros entre estas. Meg podía oírles… porque ella hablaba casi cualquier idioma (o pretendía hacerlo). Así que el susurro del viento y las hojas llegó a sus oídos, el susurro decía “Buenos días, Meg”.

La joven se detuvo, perdiendo el equilibrio y se dio un corto manotazo en el cuello.
― Maldito chupasangre ―dijo al moquito que en su mano yacía―. Me hicieron caer, gusanos ―les espetó al enjambre de moscos que se levantaban sobre su cabeza, volviendo al juego de la cuerda imaginaria.

Siguió caminando, gruñendo por lo bajo y agitando su holgada playera para que corriera un poco de aire por su torso. El aire húmedo (como de costumbre, en la vieja Veracruz), el sol abrasador y un aparente problema de sobrepoblación entre los insectos podían con ella.

Tal vez sería bueno hacer un sondeo” se le ocurrió.

Pero descartó la idea ya que pensó que sería muy tardado y complicado, sobre todo porque los mosquitos parecían ser muy montoneros. Además de que verdaderamente nunca terminaba de entender el fin de los sondeos. Le parecía una cosa inútil e innecesaria, sí, aunque ni bien lo comprendía, así lo había catalogado, como algo inútil e innecesario.

Se quitó otra vez el sudor, el viento volvió a soplar y el murmullo llegó de nueva cuenta a oídos de Meg. “Buenos días” insistió.

― Tch, ¿y que tienen de buenos, Sr. Verano? ―le cuestionó―, sinceramente creo yo que estábamos mucho mejor sin usted, por mi parte bien puede irse a China y no volver.

Amenos que yo se lo pida, claro” se completó en su mente.

Y se alejó, chutando cosas enfurruñada y aplastándose más mosquitos con las manos.

― ¡Y llévese a sus amiguitos montoneros, de favor!



El alma de Centinela había enfermado, pero ha tomado jarabito
y ya está mejor, ya está de vuelta.

2 comentarios:

Velero dijo...

Me alegro de que tu alma esté mejor. Dios bendiga el jarabito.

Y qué molestos son los mosquitos, maldita sea.

Besos.

Mel Beckett dijo...

haha yo suelo hacer eso de caminar en una cuerda imaginaria. De hecho Meg hace muchas cosas que yo hago... tal vez yo haga muhas cosas que Meg hace, no lo se.
Que bueno que tu lama este bien, yo tambien anduve ahi unos dias enferma, los suficientes para hacerme delirar.

Con cariño
Mel
XX